Mi lugar en el mundo

Todos tenemos un lugar en el mundo, uno que es natural a nosotros así como el agua es natural al pez. Sin embargo, a veces sentimos que no estamos en ese lugar sino que estamos viviendo una vida que no nos es natural ni favorable, que no nos pertenece. A veces sentimos que no pertenecemos al mundo, que no somos de aquí. Es cierto que somos del mundo tanto como el ave pertenece al suelo pero, el ave necesita del suelo aún cuando su mundo es en lo alto, donde despliega su vuelo y manifiesta su cualidad esencial. Nosotros somos como las aves y este mundo es nuestro suelo. No pertenecemos al mundo pero tampoco el mundo nos es totalmente ajeno.

Tenemos un lugar natural en el mundo en el cual encajamos así como encaja el cóncavo con el convexo. Así como la semilla necesita de tierra fértil para germinar y dar vida a la Vida que lleva adentro, así nosotros necesitamos hallar nuestro lugar en el mundo, no para quedarnos en él sino para germinar la vida del Ser que trascenderá este mundo. Entre ese lugar y nosotros existe un vinculo de correspondencia mutua pero, si acaso se altera esa correspondencia o si no se consigue, entonces, no encontraremos ese lugar, nuestro lugar en el mundo, y seremos como parias a la deriva. Esa relación natural de correspondencia entre nosotros y nuestro lugar en el mundo es como la que existe entre el avión y el aeropuerto, entre el barco y el puerto, entre la flor y la primavera…

mi lugar en el mundo

Pero no nacemos siendo adultos y conscientes sino que debemos atravesar un período de maduración y aprendizaje. Este período suele interferir la relación de correspondencia  que  naturalmente tenemos con “nuestro lugar en el mundo”. Son las enseñanzas y los estímulos negativos lo que nos hace perder en ·”el laberinto 3D” y nos mantiene fuera de nuestro sitio. Patrones, hábitos, creencias, ideas que contaminan nuestra sensibilidad y ni hablar de los traumas que endurecen nuestro corazón cerrando los sentidos más esenciales del Espíritu. Y así andamos, como sordos y ciegos por la vida, privados de la visión esencial que nos permite distinguir nuestro lugar en el mundo donde, tal cual la semilla, podremos germinar la Vida.

Debemos olvidar todo lo aprendido, debemos sanar todos esos traumas que nos han endurecido el corazón, debemos recuperar la sensibilidad, la vista que nos permite discernir lo verdadero de lo irreal. En vez de “correr lejos de la bomba”, debemos desactivarla. La bomba son esos impulsos que surgen de las ideas que nos han inculcado y que se han hecho hábito y costumbre. Es difícil concluir la etapa del aprendizaje, es decir, el período que va desde el nacimiento hasta la madurez, sin interferencias, sin traumas, sin costumbres negativas inculcadas y, por eso, pocos son los que consiguen su lugar en el mundo y poco son los que viven en ese estado en el cual fluyen con la vida tal cual el pez nada en el agua sin esfuerzo y sin siquiera proponérselo.

Existe un lugar, tu lugar en el mundo!, ese sitio, estado y situación en el que fluis naturalmente con la vida y las cosas pasan sin esfuerzo, y todo lo que te pasa se corresponde con vos y vos con tus circunstancias así como el bailarín se corresponde con el ritmo de la música y danza. Para encontrar tu lugar debes liberarte de todo lo que te quita la correspondencia con él, debes despojarte de todo lo que no sos, debes soltar esas ideas inducidas a fuerza de costumbre o del trauma, debes encontrarte y expresarte sin más condición ni excusa y, entonces, ese lugar se revelará.

Mientras escapes del pasado, mientras corras hacia el futuro, mientras vivas la idea de lo que la realidad es en vez de vivir la realidad tal cual es, mientras no seas vos, te sentirás ajeno, como ausente, como extranjero en tu tierra, como si este no fuera tu mundo y como si no existiera un lugar para vos. Buscate, aceptate, observate, sin juicio, sin expectativa, sin miedo… porque así como vos extrañas tu lugar en el mundo y sin él te sentís incompleto, del mismo modo tu lugar te espera así como la tierra fértil espera a la semilla que cae del árbol.

Saludos, Nicolás Niglia

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