La realidad como verdugo o como maestra

la ola
La realidad es la experiencia, la realidad es la vida, la realidad es el ahora. Solemos planificar la realidad futura, la que queremos vivir y experimentar pero lo hacemos desde una idea previa (prejuicio). El hecho de anticiparnos a la realidad  nos condiciona y nos impide vivir la experiencia a pleno.
Si aceptamos que nuestra idea de cómo debería ser la realidad está basada en la percepción que tenemos de lo que la realidad es y, además, si aceptamos que nuestra percepción de la realidad está condicionada por los sentidos desde donde percibimos la realidad; entonces, nuestra idea desde la cual juzgamos lo que es bueno y malo, conveniente e inconveniente heredará tal condicionamiento por lo que nuestros planes, en realidad, deberían no cumplirse tal cual los hemos proyectado y eso sería lo normal, y no que se cumplan nuestras previsiones.
Pues, si nuestra percepción de la realidad y nuestro entendimiento del por qué nos pasan las cosas que nos pasan es limitado y no termina de explicarnos nuestra suerte, y si proyectamos la realidad futura que queremos vivir desde esa percepción limitada, entonces nuestra proyección siempre estará en conflicto con la realidad y nosotros estaremos en conflicto con la vida. Por ello, el hecho de que nuestros planes no se cumplan debería ser lo esperado por nosotros y lo importante, en cambio, no es que se cumplan sino que lo verdaderamente importante que nos trae la realidad cuando no se ajusta a nuestros planes es que eso que no estaba planeado es precisamente lo que aún no somos o no fuimos capaces de percibir y, por ende, la realidad nos muestra, en ese caso, precisamente nuestra limitación para percibir la realidad en su totalidad y la insuficiencia de nuestra idea desde la cual tomamos las decisiones y prejuzgamos las realidades.
Sin embargo, cuando la realidad no se ajusta a lo que proyectamos de ella, a lo que esperábamos que la realidad fuera, entonces tratamos de torcerla, de eludirla o bien evitarla y nos esforzamos por encajar la realidad en la idea en vez de hacer lo contrario, lo cual sería lo más coherente. Nos comportamos como niños caprichosos cuando actuamos de esta manera. Y, peor aún, cuando la realidad no se ajusta a lo deseado buscamos técnicas y “maestros” que nos enseñen a “crear la realidad que deseamos”… entonces agravamos la situación.
Si acaso persistimos en este capricho de torcer la realidad para hacerla caber en la idea (en el prejuicio) no solo nos oponemos a la realidad y por lo cual ésta nos arrollará como si fuera la ola de un tsunami; sino que, además, nos perdemos de enriquecer la idea desde la cual planificamos nuestra vida, desde la cual tomamos nuestras decisiones cotidianas.
Cuando luchamos contra la realidad para torcerla y para hacerla caber en nuestra idea, entonces, obligamos a la realidad a ponerse en el rol de verdugo y la realidad nos hará sufrir, pero no es la realidad la que nos hace sufrir sino nuestro apego a la idea y la falta de sensibilidad perceptiva y entendimiento para ver más allá del prejuicio. Cuando iniciamos una relación de pareja por ejemplo con una idea pre concebida de cómo debería ser la realidad de la pareja que iniciamos, estamos condicionando la suerte de la relación a una idea artificial y ajena a la pareja. Las expectativas son la principal causa del sufrimiento y de la frustración.
Pero, si acaso en un acto de humildad, aceptando la grandeza que se expresa detrás de cada circunstancia de nuestras vidas, reconocemos que la realidad no es caprichosa, injusta o producto de la suerte o de la desgracia; entonces, la realidad será nuestra Maestra pues, la realidad, la vida, nos habla a través de las circunstancias como un Padre o una Madre que te educa y te guía por el buen camino. La realidad te muestra los límites de tu percepción, de tu sensibilidad y entendimiento. Cuando fuiste padre, recién allí comprendiste las razones de tu padre, así, la realidad te muestra lo que antes no eras capaz de ver y todos tus juicios y opiniones con respecto a tu padre se diluyen en la experiencia que te toca vivir como padre, entonces allí comprendes.
Es fácil aceptar lo que la realidad te trae cuando eso es confortable, aún cuando no lo esperabas, pero nos negamos a aceptar lo que nos incomoda, lo que no se ajusta a la idea (al deseo o al anhelo de una realidad esperada); el reto es, precisamente, aceptar del mismo modo “lo bueno” y “lo malo” que la realidad trae cada día, lo que nos es cómodo y conocido como lo que no lo es. Pues la realidad siempre tiene la razón, que nosotros no sepamos verla y comprenderla, ese es otro rollo.
Una de las primeras frases que he difundido a través de este medio, cuando comencé a difundir La Palabra, allá por finales del año 2012, fue esta: acepta con alegría lo que la ola trae a tu orilla y suelta con gratitud lo que la ola se lleva”… y de eso se trata, de confiar en el Orden Natural de las Cosas, el cual pone cada cosa en su lugar y crea el lugar para cada cosa… confía, la realidad es el medio de expresión de la vida, de la consciencia creadora.
¿Por qué razón nos aferramos a una idea y rechazamos la realidad? el miedo a sufrir el dolor nos apega a una idea de una realidad “segura”, en la que no sufriremos, y es así que luchamos a diario por torcer la realidad para ajustarla a nuestra idea. Es el miedo a que nos lastimen lo que nos pone en “guardia” con la pareja, y es por esta misma razón que condicionamos el crecimiento conjunto y fracasamos en el intento. Pues una pareja en la cual cada miembro intenta imponer su idea de lo que la pareja debe ser, entabla una pelea, una lucha de poder con el otro y eso rompe la unión, eso rechaza el amor.
Lo mismo sucede con respecto a todas las experiencias que nos toca vivir, si la vivimos primero desde la idea y solo vemos la realidad para compararla con la idea, entonces subvertimos el Orden Natural y nos ponemos en discordancia con la vida y perdemos poder, caemos en carencias y en falta.
Tú decides si quieres que la realidad sea tu verdugo o bien tu Maestra… de tí depende…
Saludos, Nicolás Niglia
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